La decisión de emigrar me pesa.

Me pesa desde lo más egoista de mi ser. En Argentina, en Python y en Software Libre, soy alguien. En otro lado no soy nadie; tengo que empezar de cero a ser alguien otra vez (porque me gusta, por qué negarlo). Hasta mi nombre deja de ser distintivo fuera de este lugar de nombres de vademécum.

Me pesa, también, hasta lo más altruista de mi ser. Creo, sigo creyendo, en la capacidad de cada persona y de cada pueblo de superarse, y quedan acá en Argentina mis ganas de catalizar los cambios que creo que hacen falta.

Mi incapacidad de efectivamente hacerlo me la llevo. No es la primera vez que me tengo que enfrentar con mi incapacidad para algo. O mi cobardía para intentar, que muchas veces es lo mismo. Creo que esta vez no me pesa, porque es un todavía no me ha salido hacerlo.


Lo que más, más me pesa es el lío que les vamos a armar a los chicos. A Joaquín sobre todo le cuestan mucho los cambios. Yo sé que hacemos el cambio convencidos de que es para mejor, que hasta en el corto plazo vamos a ver mejoras, pero ésa es mi cabeza. Mi corazón no lo sabe, se niega, y se retuerce ante la sola idea de irnos. De irme.

Y así como se retuerce el mío, retuerzo el de ellos.